La Guardia escribe como le da la gana: “GüegüenSe”, pero Martí era inteligente
**Los áulicos intelectuales no educaron al Sr. Presidente: era
su “dios”, porque “el Poder no se equivoca”
**Ni al siguiente, cuando había que honrar al GüegüenCe en París con su legítimo nombre náhuatl
**La deformación del baile, los brincos del Macho Ratón a lo Bruce Lee y el falso folklore
Edwin Sánchez
Fue el presidente, doctor Arnoldo Alemán, quien prácticamente “ajustó” oficialmente la primera obra teatral, literaria, danzaria y musical de Nicaragua, al espíritu mercantil.
Registró y asumió, por encima de los originales escritos de El Güegüence vivo y nativo, lo que la ignorancia de mercado establecía: su desdén al Güegüetzin cultural y atemporal, y completamente nuestro.
Resultado, una rotonda presentada como “del GüegüenSe”.
Pero ya venía en curso el reciclaje de este innoble trueque de espejitos prebendarios por el oro de El Güegüence, luego del primer gobierno electo constitucionalmente (1984-1990): la post Revolución Chamorro 1990-1996.
Lo lucrativo, lo banal, lo chabacano, el facilismo, lo superfluo, la desidia, el yoquepierdismo de derecha y de izquierda, liberal o conservador, se imponía sobre uno de nuestros mayores tesoros prístinos en la construcción de Nicaragua.
Autores de libritos, folletos, revistas educativas, etc., despreciaron el nombre originario del personaje mayúsculo de la literatura nacional.
Los “señores principales” , intelectuales que querían quedar bien con el Cabildo Real, no EDUCARON al Excelentísimo Señor Presidente.
Es que cuando no existe la República, sino solo un coro áulico, no ven a un hombre sujeto a errores como cualquier mortal, sino a un “semidios” infalible, por mal que administre el país; un “pozo de sabiduría” y, “con el debido respeto”, lo-que-usted-mande-Señor.
Porque “el Poder no se equivoca”.
No hubo de parte del Instituto de Cultura ni del Ministerio de Educación de entonces, una sola voz que defendiera al Güegüence de esta agresión que no era únicamente verbal, sino que destruía de raíz, literal, etimológica, nicaragüense, uno de los últimos vestigios de nuestras lenguas madres ancestrales: el náhuatl y el chorotega.
Era como aprobar, desde el tablero de las decisiones irresponsables, la “vergüenza” de ser “indios”, “jinchos”, “incultos”, cuando es todo lo opuesto…
Es el orgullo de ser nicaragüense.
Como será la importancia de Nicaragua y sus lenguas que hasta la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto de Investigaciones Históricas confirman que: “En el siglo XVI, el náhuatl se hablaba desde Nicaragua hasta Sinaloa, desde Guatemala hasta la región huasteca”.
Pero el desprecio a “lo indio” prevaleció.
En lo más recio del neoliberalismo se conminó a los estudiantes a leer el librito El Güegüense o Macho Ratón, programa Textos Escolares Nacionales, 1997.
En esa lenta época, cuando se auspiciaba el desmantelamiento nacional, solo el doctor y lingüista, el finado Fernando Silva, levantó la voz contra esa forma de dar muerte a nuestra procedencia social, cultural, artística y nacional.
TZIN: ES EL SONIDO “Ce”El doctor Silva aleccionó que la “C” es por la partícula léxica náhuatl “Tzin”, que corresponde fonéticamente al sonido “ce”, que significa un trato reverencial, en el sentido de “el”, y “güegüe”, viejo.
Cuando solo se articula güegüe, es cualquier “viejo”. Pero decir Güegüence es afirmar la importancia del protagonista: es El Viejo por excelencia.
El lenguaje en que fue escrito es el náhuatl. Un idioma, no un dialecto. A pesar de estar bien clara su fuente, las “fuerzas ciegas del mercado” no miraron la “C” innata del Tzin náhuatl, e injertaron, con soberbia ignorancia, la inexistente “S” en la vocalización precolombina.
Alguien dirá, en el colmo de la simpleza, que solo es el cambio de una simple letra: la “C” por la “S”.
Pero ese alguien pertenece al vasto oscurantismo. No es asunto de una letra, sino de todo lo que fundamenta nuestro Acervo Nacional.
Reiteramos:
“TZ es una combinación de letras peculiar del náhuatl que se pronuncia silbado y fuerte, C como Tziclli, chicle. Tzopelic, (dulce)”, escribió Rafael Urtecho (Revista Conservadora, 1961).
Pablo Antonio Cuadra corroboró en su célebre libro “El Nicaragüense”: “Güegüence, EN LA ANTIGUA Y NOBLE LENGUA NÁHUATL, significa ‘el viejo’” (San José Costa Rica, 1987).
El Héroe Fundamental de Cuba, José Martí, exaltó a los nahuas, denominándoles “los nahuates sabios”, en un artículo sobre El Güegüence (La Prensa Literaria, sábado 28 de noviembre de 1977).
Valga reiterar que el capitalismo cavernario alabó la forma corrupta de escribirlo, desconociendo la lingua franca (cuando hay varios idiomas, la gente adopta un habla común para comunicarse, en el que convergen palabras de las lenguas maternas) en tiempos de la colonia.
Fue cuando se estaba formando Nicaragua con dos mayoritarias vertientes idiomáticas oriundas, náhuatl y mangue. Estas lenguas se mezclaron con el español de los soldados y resto de ciudadanos peninsulares y criollos en Nicaragua.
La falta de interés en las últimas décadas, además, ha favorecido esta evitable distorsión que es el preámbulo de una severa erosión de nuestra nacionalidad.
Así, hay ciertos propietarios, ediles, gerentes, “folkloristas”, administradores, periodistas, “analistas políticos”, mandatarios, diputados, “creadores de contenidos” …, que creyendo “contribuir” a la cultura nacional, más bien le dan una estocada al corazón de nuestra identidad…
Son los que (garra)patean “Güegüense” en tiendas, hoteles, restaurantes, almacenes, decretos, libros, hemiciclos, promotoras de boxeo, páginas digitales, “exposición de motivos”, programas televisivos, talleres, calles, UNESCO, monumentos, pinturas, parques, etc...
Uno de los pocos lugares donde se respeta y enaltece a El Güegüence: "Mi Bohío", de doña Socorro Chávez, en Diriamba.
COMPETENCIA DEL ATRASO
Cuando el Cabildo Real del ingeniero Enrique Bolaños, en los nombrados “años neoliberales” propuso ante la UNESCO que El Güegüence fuera reconocido como “patrimonio oral e intangible de la humanidad”, sus “señores principales” —asesores, poetas, intelectuales, letrados— pudieron hacer la debida rectificación…
Porque París bien valía solo para sus propias misas… negras.
La Asamblea Nacional no se quedó atrás en esta competencia del atraso, al elevar a ley el yerro No. 4456, aprobado el 31 de enero de 2006, para declarar “al GüegüenSe como Patrimonio Histórico Cultural de la Nación”.
De tal manera que la mediocridad y el oportunismo prebendario, combinados con la falta de amor a nuestros pueblos originarios, se logró imponer, al punto que esta corrupción idiomática se tornó mundial.
El buscador de Google rápidamente “corrige” lo justo y correcto que es El Güegüence, para borrarlo y reescribir automáticamente “Güegüense”.
Ante lo mal transcrito por el comercio, los medios de comunicación, la falta de conocimiento, el me-vale, Google, Wikipedia, y “folkloristas” en su lecho de confort, lo mejor es continuar en la línea de los grandes patriarcas de nuestra Cultura.

Algunos grupos de danza, cuando perdieron el patrocinio del Estado en los tiempos de la Revolución, también extraviaron el rumbo. Y optaron por tomar la amplia ruta del “capitalismo primitivo”: todo era asunto de marketing.
Así, El Güegüence ya no era más que El Güegüense…
Y hasta la sobria y elegante manera de interpretarlo con fidelidad al siglo XVII, fue trastornada.
No solo se trató de algo semántico.
El trasfondo era tumbar la nicaraguanidad comenzando con El Güegüence, aunque los 12 de octubre muchos se rasguen las vestiduras, maldiciendo a España y la Conquista, para conmemorar del diente al labio la “resistencia indígena, negra y popular”.
Y ya no estamos para maldecir a nadie, sino para bendecir y construir sobre lo propio.
En la emisión de “Mundo de Noticias”, Radio Romance, Carazo, lunes 22 de septiembre 2025, su director, Alberto Cano, hizo una referencia tangencial a “los brincos” que pega el Macho Ratón.
Saltos que son un asalto a los espectadores, y que no tienen nada de “resistencia indígena”, sino de flojedad al no defender nuestro Patrimonio Oral e Intangible del capitalismo brutal, insensible y falto de humanidad.
Y Alberto, que no es experto en bailes, no está inventando nada, como buen periodista que es.
Efectivamente, hay quienes acreditándose como maestros del “folklore” han desfigurado la puesta en escena de El Güegüence.
Su deformación es parte de la mercantilización de nuestra multiforme obra cumbre de Nicaragua.
Los dueños de estas empresas de bailes han hecho de El Güegüence una peculiar danza comprometida más con las viejas películas chinas de Bruce Lee y otros exponentes de las artes marciales, que con lo auténtico y autóctono.
Esos Güegüenses Ninjas, esos Güegüenses Kung fu sí que no merecen escribirse como obliga la responsabilidad de preservar este legado cultural, pues han confundido, diluido y hundido al natural y artístico Güegüence para presentar su representación artificial, pretenciosa y grotesca.
Es que nada tiene que ver con la danza vernácula de la Gran Manquesa que comprendía desde (los) Diriomo(s), pasando por Catarina, Masaya, Nandasmo, Masatepe, y terminando en Diriamba y Jinotepe.
Algunos, desde los 90, para llenar teatros y otros locales, introdujeron toda clase de “elementos vistosos”, extrañas “coreografías” y cabriolas circenses, para atraer al público.
El respetable irrespetado, pensando que va a disfrutar de nuestras “tradiciones”, en realidad va a sufrir “traiciones” al alma nicaragüense.
Son adaptaciones estrafalarias, bien vendidas y mal vestidas como folklore…
Seguramente Bruce Lee, de estar vivo, estaría complacido de ver su marcial influencia en Nicaragua, aunque tal vez no tanto, cuando unos supuestos varones ejecutan sus raros movimientos de 7.5 en la antigua medición Richter, hoy escala sismológica de magnitud de momento.
Insólitas ondulaciones que no corresponden a la pureza de este “ballet hablado en hispano-náhuatl”, como dijo Roberto de la Selva, citado por Jorge Eduardo Arellano en una publicación de “El Güegüence, Comedia Bailete de la Época Colonial”, 1978.
Portada original de la primera publicación de El Güegüence, Masaya 1874.Y ya que de niños nos enseñaron a respetar a los mayores, sigamos apreciándolos...
Desde don José Eligio de la Rocha, poseedor de dos
escritos originales de El Güegüence; don Carlos
Herman Berendt, que lo transcribió; don Salomón de la
Selva, don Fernando Silva,
don Pablo Antonio Cuadra, don Carlos
Mántica, 
autor de “El Güegüence, Picardía e Ingenio”, hasta don Jorge Eduardo Arellano (versión años 70-80 del siglo XX), contamos con lingüistas, académicos, escritores. Intelectuales.
Son nuestros venerables maestros que también enaltecieron al Mayor de los Mayores: EL VIEJO.
Honremos, pues, al Güegüetzin,
nuestro clásico Güegüence.
Por lo menos en Carazo, parte grata de la Gran Manquesa, por ser territorio mangue (o Chorotega).
Quizás más diriambinos defiendan su Patrimonio Cultural, como se aprecia en el ilustrativo cuadro del sitio turístico de doña Socorro Chávez, en la tierra de Diriangén.
“Pronunciar lo nacional” (el hermoso exhorto es de don PAC) es reconocer la partida de nacimiento hispanáhuatl de El Güegüence, “un personaje que el pueblo nicaragüense lleva en la sangre”.
Hay que restituir los derechos de EL GÜEGÜENCE, y no desaprovecharlos en ritos vacíos, gastos innecesarios en ofrendas florales, discursos y proclamas el 12 de Octubre, si es que osamos nombrarnos nicaragüenses.
Porque si no, estaremos ante una férrea admiración que los calendarios no han herrumbrado todavía: una fascinación por la Guardia Nacional, G.N., que ha dejado tatuada en la lengua de la nostalgia de algunos, su frase célebre, valga la paráfrasis:
“La Guardia escribe como le da la gana”.

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