Oda a El Calvario

                                LXXX

         Aniversario de la Torre de Xilotepetl

              

“Construido por iniciativa y devoción del presbítero Fabio Sánchez, quien fue ayudado por la feligresía. El 31 de enero de 1946 fue concluida la obra”.                                                                                                                         Recuerdos del Jinotepe de Ayer                                                      Dr. Armando Luna

 

Edwin Sánchez


I

 

Quizás no sabré de las gentes

que aportaron sus diligentes manos

para encumbrarte más que solo edificarte

con tu cruz hoy ausente que no en vano

coronaba tu rumbo en ristre

al celeste infinito.

 

Desde tu altura trabajada,

la roja sirena del Cuerpo de Bomberos

de Carazo por ahí asomaba

la sonora hora que aún ahora oigo con céfiro

acento. Así anunciaba el Benemérito

las cinco de las lentas tardes de Xilotepetl

empinadas de pinos vecinos

de la Normal Franklin Delano Roosevelt.

Y en las emergencias convocaba

a otros héroes sin más reflectores ni alardes

que todo aquello que arde: las mismas llamaradas

propagadas… Un oficio que no es para cobardes,

sino de los dispuestos a salvar vidas amadas

primero y bienes después.

 

(*)

No sabré

de sus nombres.

Solo la memoria de su tesón

hablará por estos hombres.


Son sus palabras que no escuché,

las columnas del atrio fresco

de sus sentimientos sin avidez;

sus plegarias jornada arriba

con la solidez de una inmarcesible honradez, 

ante la bendición efectiva

del propio presbítero Fabio Sánchez,

y de las conciencias caritativas

de temple xilotepetlenses.        

      

Koinonía

quizás de la misma naturaleza prístina

de la iglesia de Israel que permitió la sabiduría

de fundar, a como Dios manda, las pilastras

de esta Torre de unánime armonía.

                     


Torre y fortaleza de la Gracia,

levantadas sin las rentables simonías y canonjías.

Sí, para el espíritu contrito y humillado

que reconoce con valentía

dónde debe poner toda su vivencia: en el arado.

Y ser. Ser sin ver hacia atrás lo que bueno se creía,

para servir al único Reinado

que vale la pena después de la Ultima Cena:

la Eucaristía. Dar las Gracias al Crucificado

que nos libera de toda condena

bien merecida por nuestros pecados.

 

Ahí estás vos, perdurable testimonio

multiplicado en piedra sobre las tablas

que dicta Éxodo 20:15, el VIII Mandamiento

de respetar la propiedad y todo lo demás.

Y en mi Reina Valera o mi Jerusalén contemplo

lo que en ningún tiempo nada compondrá

el odio ni la violencia, sino el Templo del Ejemplo.

 

Que dan darán

dicen las campanas,

y nunca el qué-dirán,

pues vale más echarles gana

a ser buenos nicaragüenses

a la medida de aquella gente sana

con el corazón en I Tesalonicenses:

“Pues no nos ha llamado

Dios a inmundicia,

sino a santificación” (4:7).

         

Ellos construyeron tu ideal

de fraternidad en un mundo al garete,

en plena Segunda Guerra Mundial

—y una Nicaragua hasta 1957

sin Seguridad Social—.

 

Días cuando lo más seguro para la gente

en la plomada de su mística laboral

era pernoctar en lo más duro, que es de repente

para el saciado, y siempre para el de jornal,

moral y morral: el linaje más decente

que cualquier abolengo sobre la faz universal.

 

Más de alguno de los formados en el crisol

del ajetreo con el cipotito

maluco, un deudo con las angustias del Seol

en las proximidades, y los ceñidos con el cilicio

de los abrojos cotidianos bajo el Sol,

las cuentas de suplicio 

atrasadas, más saldadas en las pulperías

(por esa rectitud monumental en ejercicio

que hoy vemos en todas las escalas del soleado día).

 

Lágrimas…

 

Trajín solo mitigado a cuenta del Eterno,

por el Sur pleno y vital

del tierno verdor de invierno…

     


Y por ello, en el desvelo de esos capítulos

desamparados de los que no nacieron

en cunas de encajes, jamás dejaron de ejecutar

su ardua heráldica hispanoárabe,

AL-BANNÍ, de su oficio: “el que edifica”

 —pala, cuchara, martillo, nivel,

cinta métrica, llana, zaranda, cordeles, carretilla…—

sobre los fundamentos del Apóstol Pablo.

Cita de hechos, convertida, por la sinergia

de las voluntades hermanas,

en su laborioso cántico:

 

Siervos, obedeced en todo a vuestros amos

terrenales, no sirviendo al ojo,

como los que quieren agradar a los hombres,

sino con corazón sincero, temiendo a Dios. 

Y TODO LO QUE HAGÁIS,

HACEDLO DE CORAZÓN, PARA EL SEÑOR

Y NO PARA LOS HOMBRES; 

sabiendo que del Señor recibiréis

la recompensa de la herencia,

porque a Cristo el Señor servís. 

(Colosenses 3:22-25)

 

Por eso estás vos, templo inamovible

que deshace lejanías

como las oraciones avanzadas en hierro

forjado. Súplicas que fortalecieron

este primer cuarto de centuria nacional

que no se hundió en los abismos insondables

de tormentas y furias que solo el Rabí

reprende en favor de las almas plenas

de hossanas que en vez de inquinas implacables

reflejan en sus rostros la mañana amena

de un Domingo de Ramos inacabable.

Almas suyas que a su entrada baten palmas.

Porque son de Él

y no de las crueles insidias

de las que habló el aedo 

de Metapa; no de las envidias

varias de los obreros del desafuero;

no de los ubicados en las antípodas de las limpias

energías de la Paz de quienes no se perdieron…

 

Que árbol bueno jamás 

produce frutos malos.


II

Estable estructura de preceptos,

que desde el exterior, viniendo

de Nandaime, podés lucir de lado,

pero solo es una baldía percepción,

pues estás bien orientado

a la realidad de la Buena Profesión.

muy distinta a las creencias visuales,

banales o las interpretaciones letales

de los hijos venales del rencor.

 

Ahí permaneces como último heraldo

de la Geometría que la ciudad perdió

bajo malhadados mandatos nada urbanos,

apartadas las entrañables excepciones del caso.

Claro que para tales efectos, ante tantos defectos

y desperfectos, en la distancia debe medirse

casi como el mismo conteo

de los siglos con que divide

nuestro Señor Jesucristo

la Historia de la Humanidad.

 

Queramos o no, hay personajes

—nos caigan bien o mal—

que trascienden los bandos partidarios

por el interés municipal o nacional,

y no solo de sus correligionarios.

 

Mas los hechos son los hechos,

no conjeturas de los techos de cristal

ni juicios de desquicio por calenturas

que no son políticas sino de fatal

intolerancia y letal falta de cultura

judeocristiana, columna vertebral

de nuestra sociedad sin amargura.

 

Es el ver para creer, del Antes y Después

del doctor Tomás Guevara, sin título

pero legítimo Arzobispo Laico de Jinotepe:

el fiel devoto de Vitrubio.

 

No hay otra forma

ni fórmula para comprender

esos días de burumbumbún,

de los cuales es un deber absolver

al indefenso sentido común. 


¡Cómo arrebatarle a Jinotepe su Plaza!

Que era Plaza del Cuerpo de Bomberos,

Plaza de Toros,

Plaza del Circo,

Plaza del Parque de Juegos Mecánicos,

Plaza del ¡Basta ya Somoza!,

Plaza de Béisbol,

Plaza hípica,

Plaza de los niños con sus padres,

Plaza de Fiestas,

Plaza de Ferias,

Plaza familiar,

Plaza, Plaza, Plaza…

 

¡Plaza de Encuentros!

 

Solo queda la Plaza amarilla

de las viejas fotografías…

Y la nostalgia que se apresura

a desplegar su doblada bandera,

abriéndole paso a su desventura

de ver si aún hay una asta digna de su era,

cuando se pensaba la edad futura

de la ciudad con explanada de otra manera.

Y ya no está.

Mi bandera

ya no está.

La arrió la bulla sin aleluya

de un ayer hecho de munícipes a la carrera,

sin el prestigio del pasado que aún perdura

porque estaban hechos de buena madera.

 

Y una ciudad sin plaza

es una ciudad de balde,

donde todo se desplaza

como urbe sin alcalde.

 

O… ¿se llamará ciudad

donde las aceras

son para frigoríficos, publicidad,

tiendas, maniquíes, motocicletas,

canastos, portones abiertos, garajes,

abruptas extensiones de salas, café

y fritangas…, mientras cunetas y calles

son para los ciudadanos de a pie?

 

Mas eso es lo que el edil

heredó: la misión difícil

de volver la ciudad al redil.

   

Se requiere

de la misma esencia

de esa ternura litúrgica

de ámbito sublime

que TG ofrendó y aún teje

el paradigma

de Jinotepe,

más allá de pendones

partidarios explicables o inexplicables,

con dones o sin perdones.

 

La bárbara herencia

recibida a 26 años del siglo

es una ciudad sin dignidad urbana,

empujada por un desenfrenado ímpetu comercial

y castigada por el cultivado hábito

de egos en modo para-eso-luchamos,

los infaltables de la-calle-es-libre,

la irremediable enfermedad

antisocial del qué-me-importa

y el menosprecio al bienestar ciudadano:

Ni-mío-es.

                                                                

III

 

¡Oh, Calvario!

¡Calvario diario de mi Ciudad!

 

Los calendarios no te abatieron en el siglo

pasado ni de los corazones

a veces acorralados y en vilo

por las ásperas embestidas de las sinrazones

de este mundo…Y las sombras

mismas que alumbran con la luz artificial

de los dogmas

para domar al espíritu superficial,

pero no así a los que hacen un altar

de sus ocupaciones cotidianas:

el de aquellos cuyos nombres

el Autor de la Vida toda,

no quiere desconocer, menos borrar

de los Archivos Eternos,

a la espera del día inevitable para vernos.

 

Así surgiste,

sin pretender competir

con la neoclásica parroquia Santiago,

esa majestuosa incursión en los sacros linderos

de la Catedral Metropolitana de León.

 

Y si en Managua te hubieran fundado

esos hombres sin nombres del que los aedos

no mencionaron, allá hubieras seguido altivo

sobre las fallas del terremoto de 1972.

 

¡Qué constructora ni qué Lacayo Fiallos,

pues para eso trabajaron para vos

como el maestro Ricardo Medrano (*),

encargado de tu Torre, Torre de Dios!

 

Que por Rubén Darío me doy cuenta hoy

de la calidad de la otrora mano de obra:

 

Cuando hay hombres que tienen el divino elemento             

y les vemos en cantos o en obras traspasar              

los límites de la hora, los límites del viento,             

los reinos de la tierra, los imperios del mar,             

¡sepamos que son hechos de una carne más pura;              

sepamos que son dueños de altas cosas, y los                       

que encargados del acto de una ciencia futura                     

tienen que darle cuenta de los siglos a Dios!

 

Con tus formas simples, trazas recuerdos

resplandecientes, albergando las almas

que llegaban a vos en aquella soledad

de limbo fresco, que no terminaba

de ser bosque ni empezaba su vida de ciudad

alborotada, apenas separada 

por la Carretera Panamericana de la Unidad.

 

Aquellos campeones de la sencillez,

forjados de rayos solares y aguaceros,

superaron el cansancio con la incesante faena

de cumplir su irreductible destino:

darle refugio a los ávidos de Luz

y Libertad en el Espíritu.

 

Que así es ahora y en la hora

DEL RECOGIMIENTO ESPIRITUAL

QUE NADIE IMPIDE EN NICARAGUA,

QUE NADIE PONE TRABAS,

QUE NADIE PERSIGUE NI REPRIME,

NI MANDA CERRAR IGLESIAS, PARROQUIAS,

SANTUARIOS, ERMITAS, CAPILLAS,

TABERNÁCULOS, CATEDRALES, BASÍLICAS…

Solo las asedia, las acosa, las hostiga,

las amenaza, censura y clausura

el pecado desbocado de cada quien,

antesala del doloroso hospicio,

advertido por el gran Dante.

 


Nadie,

sí, nadie perturba en Nicaragua

Dialogar con Cristo

en la lengua

del portaliras invicto:

el divino idioma de la esperanza.

¡Oh sed del ideal!

 

IV

 

El Calvario…

Custodiado y vivificado por el Día Tercero

poblado de guanacastes, ceibos, ojoches,

madero…

Cafetales…

Árboles puros, centenarios, que provocaban

aires de otoño

donde nos enseñaron

que solo somos dos estaciones

de lodo y polvo, y dos partidos,

conservadores y liberales…

 


El Calvario…

Cantado por el Día Quinto

entonado de zanates, cenzontles,

tincos, reinitas cerúleas, guardabarrancos,

saltapiñuelas, gorriones, colibríes…

Chocoyos.

Y en la piadosa estación final del septentrión  

por las tijeretas

de Estados Unidos y México que gozan,

a pesar de aquellas tiradoras

pretéritas de infantil puntería,  

la amabilidad jinotepina.

 


El Calvario…,

Con un pozo de aguas vivas

a la orilla del camino solitario,

desprendido de un inmemorial poema

en tu costado norte…

 

El Calvario de Cristo…

Emplazado miles de años después

al pie del Día Sexto que Dios bendijo,

para volver al orden

perdido a los emigrantes del Edén:

la raza adanida que funda ciudades

y sus descarriados las hunden

en el desorden, pese a las autoridades.

 

Días de entornos agrarios y entonces

naturales de sacos de cabuya y bolsas

de papel Kraft; cajillas de maderas

para las gaseosas allaaaaá,

a los tiempalales

de un cumpleaños…

Las pipas de agua, los cántaros,

el sosegado paso rural de las carretas,

bateas con cumbas de pinolillos

y jícaras de tistes…

Cuando el fresco nacional era el pinol,

del que solo nos queda la fama de pinoleros,

porque hay una nueva generación

de cocacoleros.

 

Días

en que la palabra chorotega

Nambira sonaba, y flotaba bien

en aquella fluida soberanía de nuestra lengua

formidable, cuando nadie

se avergonzaba del VOS

y tampoco a nadie se le ocurría “pasar de fino”

hablando de ¡ti!, ¡tu!, ¡contigo!...

 

Días

cuando no imperaba

el agresivo reino del plástico…

El Reino fatídico que fatiga

con su moda química la Creación,

y con sus flores que brotan del petróleo, colorean

de mal gusto la estación seca

de los caminos,

las alambradas y los cercos de piñuelas

que aún logramos apreciar

en estos veranos cada vez más sintéticos.

Y aun así evocamos las calles,  

el bulevar, los parques, cuando la vida misma

estaban libres de los vasitos, cajas

y contenedores de espuma de poliestireno.

Y nadie vestía ropas usadas

por muy USA que fueran.

¡Ni regaladas!

 

Adentro del Calvario daba mis pasos

a los misterios del ábside,

entre silbos de voces remotas,

pronunciados por los trémulos ramajes

de épocas indocumentadas que les cogió la tarde,

y ya, entrado los años 60, no pudieron irse…,

incluso 

con el rugido del progreso.


Esos intentos de Unión que rodaban,

si ya no en la útil Federación,

al menos en la aspiración común

del Mercado Centroamericano.

    


Instantes indelebles del doctor de los pobres,

René Schick; la excepción del único Somoza

Liberal y civilizado, y que podría ser devoto

de la Virgen del Socorro

pero no del Perpetuo Poder para existir:

el ingeniero Luis Somoza,

el que de esa estirpe más merecía vivir…

Que los odios

son la antesala de las abominaciones

que pierden, por falta de Dios,

a las naciones.

 

Lahares de resentimientos

que gracias al Altísimo no fracasan el presente,

pero arrasaron por delante el futuro

irresponsablemente perdido

que merecíamos

para cerrar bien

el siglo XX.

 

V

 

Ahora vemos allí el noble edificio

antaño sin verjas, que impone 

hogaño la pregunta…

Si los militares en la Tierra

se dedican efigies, bustos, cipos, estelas,

estatuas en mármol, bronce y otros metales,

para el Soldado Anónimo:

 

¿Será también El Calvario

de aquellos trabajadores

olvidados acaso un monumento

al Albañil Desconocido?

 


Allí

está la firme firma de los vigores intrépidos

que vencieron las alturas,

las brasas del cenit,

los ventarrones indomables de enero,

las posibilidades de la muerte

que abraza los trémulos andamios…

La vasta lucha diaria por darle

forma, más que a la idea, a la aspiración

de un sacerdote por dejarle

a Jinotepe la fresca inspiración

de esta dicha izada tras el Adviento para hablarle,

con el Soplo del Espíritu, al íngrimo corazón.

 


Allí

soportaron la intemperie, los rigores

de los alisios, y agradecieron

la neblina de los otoños olorosos a madroños,

para proseguir en el vértigo de los días

que nos dejaron tu silenciosa humildad,

como Vicente Alexandre así lo diría

si apreciara tu indispensable arquitectura.  


Un recinto

para desenredar

en el oportuno momento los laberintos

de los que están llamados

a ser un hombre, una mujer, distintos.

Sacar de la Palabra Verdadera

una biografía con laurel olímpico:

“He terminado la carrera,

he guardado la fe”.

(II Timoteo 4:7)

 

Mezcla de hierro, cemento y Paz,

argamasa de fe, sudor y Amén,

permaneces más que aquel mandamás

de los viejos cuarteles del vaivén

de la Historia, pues todo es fugaz,

salvo el Amor que nació en Belén.

 

Hoy gozas de eternidad urbana,

entre los límites que traza Aquel

a las construcciones humanas,

dignas o de manufactura cruel.

    

Un recordatorio de la Xilotepetl

lozana, limpia en sus mañanas

y bien perfilada con el pincel

de las tardes que La Castellana

aún guarda en la nostalgia fiel

del pueblo digno que de veras ama

a la ciudad con el Himno de Abel.

 

Oh,

Cerro de los Chilotes del Señor…

Allí, entre Chaliapa y Güisquiliapa.

Hermoso como el vuelo en esplendor

del chichiltote y la célica urraca

que colorean de candor el lienzo

etéreo de nuestro bendito mapa

que vivimos bajo las tejas del tiempo…

 

…Y por encima de las épocas opacas.

 


Vos,

imperturbable vigía

del alma, atalaya cardinal empecinada de albas,

Torre de un solo idioma que no varía:

La concordia de este vergel

espiritual en clave de Sol y Profecía…

 

La Torre de Xilotepetl

que no se alzó, ni ayer ni hoy,

para el tropel que sirve de escabel

al imperioso y confuso Nimrod

de la nefanda Torre de Babel

de todos los tiempos.

 

He aquí lo miras…

 

Y lo admiras.

 

Aquí, donde comienza el nuevo día.

 

Tu Calvario…

Nuestro Calvario

en reposo de Cielo adentro.

 

Un destello de la Luz en la tempestad

de los Siglos: Jesucristo Hombre, Único

Mediador entre Dios y la Humanidad.


                                           28 de enero de 2026

                     Xilotepetl, Meseta de la Gran Manquesa.

                                               Nicaragua.


(*) Foto histórica de Álvaro Josué Castillo, nieto de don Ricardo Medrano, publicada en Arrímate a Jinotepe.


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