A 95 años de aquel Martes
Santo del 31 de marzo
El “dios Terremoto” que el atraso
“adoró” en Managua desde 1931
“(Mi) casa había sido diseñada por un arquitecto de
San Antonio, Texas, y construida de acuerdo con las especificaciones del Código
8 del Estado de California. Por ese motivo resistió la acción del terremoto” de
1972. Anastasio Somoza Debayle
Edwin Sánchez
I
A cinco años de cumplirse el centenario de la primera
gran tragedia del siglo XX, acaecida como ahora un Martes Santo del 31 de marzo de 1931, bueno es reflexionar sobre uno de los malos hábitos
en Nicaragua que cobró demasiadas vidas en el pasado: la famélica investigación científica y
el desaprovechamiento de los estudios geológicos por los gobiernos de turno.
La frágil Managua de taquezal, tierra suelta, tierra sin perdón para el que no la respeta, tierra absuelta por la piedad popular esa-es-la-voluntad-de-Dios, fue
estremecida con una intensidad de 6 grados, según se calculó posteriormente con
la escala de Richter, establecida en 1935.
El jamaqueón ocurrió antes de las 10 y media de la mañana.
El mensaje telúrico despreciado por las autoridades
fue que, en el tema de las construcciones, con Managua no se juega.
Sin embargo, desde el general José María Moncada hasta
Anastasio Somoza Debayle, a los altos funcionarios les valió un jocote que se
repitiera la desdicha de Semana Santa.
“No se puede con la naturaleza”, parecía el designio
ante la “incapacidad” de los hombres, elevando a la altura de su ignorancia y
el persistente atraso una nueva deidad de facto: el dios Terremoto.
Durante los siguientes 41 años, ante el altar de la desidia, al “implacable dios” se le tributaron sus futuros “sacrificios votivos”, velas y candelas, en forma de viviendas, almacenes, mercados, hoteles, templos, nightclubs, televisoras, radios, plantas lácteas, incipientes industrias, Bancos, casas comerciales...
Por supuesto, Anastasio Somoza Debayle no le dedicó su Casa Hacienda El Retiro.
Fotografía histórica de Nicolás López Maltez, Avenida Roosevelt, 1971.
Y aconteció la catástrofe de 1972.
Más de 10 mil víctimas dejó aquella siniestra adoración
de brazos cruzados a la fatalidad que ofició la falta de
empatía oficial a la sociedad nicaragüense.
Fue de hecho, la inmolación de un pueblo que pudo
haberse impedido, al menos con esa funesta magnitud. Un sacrificio colectivo
que sería el presagio de otro, pero por fallas enteramente (des)humanas al
concluir la década.
Posteriormente, Somoza y otras administraciones
guardaron “la tradición” que se extendía a idolatrar también el desorden
urbanístico que prevaleció en los 90, y parte del 2000.
Este culto a la incultura convirtió a Nicaragua en el
único país del mundo en contar con una Capital sin Ciudad, y un “centro”
postizo en aquel inmenso garabato llamado Managua.
A comienzos de este siglo, el doctor en geología
estructural, William Martínez, al ver la negligencia gubernamental, me formuló
dos premisas singulares.
Estas contradicen la “tradición” y borran el epitafio de la desgracia evitable: “No se puede con la naturaleza”.
Costumbre y resignación, admitámoslo, son los cimientos del desconocimiento y la inoperancia.
El doctor Martínez sostiene:
1.- “Los terremotos no matan”.
2.- “Los desastres son humanos, no naturales”.
Si se ha estudiado una falla, se ha acumulado mucha
información. Entonces ya hay certeza de su capacidad destructiva. Pero si aun con
todo se autoriza una obra en un suelo perturbado para habitarlo, abrir un
negocio, ubicar un hospital privado o una instalación deportiva, un centro
comercial o de diversión, el culpable de la tribulación buscada nunca será el
terremoto.
Las calamidades también se fabrican.
Es yoquepierdismo.
Quizás se justifique lo que sucedió en aquella Semana
Santa en Managua.
No había investigaciones, ni un solo nicaragüense
graduado de geólogo, mucho menos que existieran aparatos de alta precisión y
satelitales como los hay en la actualidad.
Las fallas eran indocumentadas.
Lo que no puede escudarse detrás de ningún pretexto,
es que Tacho, contando con la extraordinaria asistencia en
diversos ámbitos por parte de Estados Unidos, nunca trató de extraer una
lección por lo que sucedió cuatro décadas antes.
O del terremoto de la Centroamérica en 1968.
Bien se pudo haber solicitado a Washington su
colaboración para que vinieran ingenieros estructurales, geólogos, geodestas y
otros especialistas, a examinar las causas de la hecatombe. Y empezar a hacer
las cosas bien, es decir, con espíritu de desarrollo.
Pero a algunos les cuesta mucho abandonar los habituales y vetustos paradigmas de la incuria, sobre todo si la fastuosa mansión El Retiro, donde vivía la familia Somoza, estaba construida con los estándares del Código de Construcción. Y no de cualquier parte del mundo, sino del Estado, de verdad, “más altamente sísmico” de América: California.
Sí, en la nación donde, detalla el Servicio Geológico Nacional de EE.UU., se producen unos 16 terremotos importantes al año, 15 de ellos de magnitud 7 y uno de 8.
Ojo: No es Nicaragua “el país altamente sísmico”, como repiten algunos.
II
El terremoto de 1972 no se hubiera evitado, es cierto,
como tampoco el próximo, y ni los que falten podrán ser conjurados. Empero, a
como dice el refrán, “en guerra avisada no mueren soldados”.
Con los informes que los expertos norteamericanos
hubiesen proporcionado a los encargados de la ciudad en los años 40, 50, 60 y
70, el drama de 1972 no hubiera alcanzado proporciones dantescas.
Ah, sí por lo menos Somoza hubiera impuesto con mano dura —en vez de la Ley Marcial, el Triunvirato de marzo del 71, el Estado de Emergencia o la Ley del Bozal— el Código 8 de California, tal como construyó El Retiro, ¿acaso estaríamos hablando de la “vieja Managua”?
Si se hubiera estudiado literalmente a “profundidad” la urbe, y el Distrito Nacional desechado inmuebles fundados en lugares peligrosos como son las fallas en sí —la de Tiscapa se activó en 1931 y 1972—, hoy sería otra la historia.
Claro que no.
Pero sí es culpable por indolencia, y más por ególatra,
al solo pensar en él y su familia.
Un hombre graduado en West Point, o el decano del
Cuerpo Diplomático en Washington, Guillermo Sevilla Sacasa, ¿cómo iban a
ignorar que existía una ciencia llamada Geología?
Y quienes perdieron a una madre, a un bebé, a un tío,
a tanta juventud, hubieran disfrutado más tiempo de la compañía de ellos. Pero al
gobierno de entonces no le importó la seguridad de las familias, aunque muchos
todavía lloran por Somoza en las redes sociales.
Ahora, con dos terribles sismos, los comunes mortales estamos enterados empíricamente
de lo que las fallas locales pueden generar.
No hace falta ser un egresado de la carrera de Geología
para darnos cuenta de que en el área donde se asienta Managua siempre habrá temblores.
Aparte de las fallas locales, conocidas como la del Estadio,
Los Bancos, Tiscapa, y menores como la de Chico Pelón,
dos enormes sistemas enmarcan la capital: al Oeste, la de Mateare que sube hasta
El Crucero. Al Este del graben de
Managua, la de Cofradía. Baja desde la caldera volcánica de Masaya y se
extiende hasta el Lago Xolotlán.
Identificarlas ya es una ganancia. Escudriñar más es
de ley.
Los geólogos se han encargado de establecer que estas megaestructuras
son capaces de provocar estragos. La información facilita que Managua puede ser
una ciudad normal, donde se puede vivir, trabajar, divertirse y hasta construir
en dirección al cielo.
Ordenadamente, por supuesto.
III
Son de ayuda los simulacros multiamenazas. Que todos
comprendan cómo deben actuar ante un evento en escuelas, edificios, oficinas,
mercados…
Así se mejora la capacidad de respuestas tanto de la
población como de los organismos y cuerpos coordinados por el Sistema Nacional
para la Prevención Mitigación y Atención de Desastres, Sinapred.
Si el entrenamiento de hoy es importante para protegerse
en los segundos de una sacudida, lo que se haga antes es todavía más vital.
Hace falta el otro componente. Ceñirse al Mapa Geológico de Nicaragua que elaboró el Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales, Initer.
La Patria avanza mas segura en la medida que las decisiones políticas se toman sobre la base de la documentación científica.
Es la Hoja de Ruta de la Vida, más ahora con el boom
de las construcciones. Conocer dónde se puede poblar y dónde no hacerlo, porque
los errores también se construyen “muy bien”.
Managua, por ejemplo, es el lugar menos indicado para planificar
con una inteligencia superficial, en especial a la hora de los dictámenes supremos.
Ahí está el 31 de marzo y el 23 de diciembre, en
fechas no casuales que tañen el alma nacional: Martes Santo y víspera de la
Navidad.
Un principio básico aletea en todo esto: si un terreno
es atravesado por una falla, urbanizar justo encima de la misma es colocar una
bala en el tambor del revólver.
Y hay dos formas de edificar, una para morir y otra
para vivir: el manual de la Ruleta Rusa o el Mapa Geológico-Código de la
Construcción.
Irresponsabilidad o Prudencia.
Mientras más nos alejemos del Epicentro del Subdesarrollo en todos los órdenes, comprenderemos mejor este axioma:
Los terremotos no matan.









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