Luna, tesoro de todos y del toro enamorado,
que no te eclipse ninguna “Doctrina Moonroe”
“Qué importa que el entendimiento
se adelante, si el corazón se queda”
Gracián, citado por Azorín.
Luna, ruégale que vuelva…
Los aretes que le faltan a la Luna…
Luna importuna del Bosque de la China…
Como un rayito de luna…
Edwin Sánchez
I
Somos apenas una gotita azul en los suburbios de una
pequeña aldea de estrellas y astros que llamamos poéticamente la Vía Láctea,
pero que ni siquiera está próxima a la tan remota como desconocida Capital
del Universo.
(Y hay quienes sospechan que es el Tercer Cielo, donde fue llevado el
apóstol Pablo).
Por ahora, vivimos en el área rural del Espacio, ni
por cerca de su inefable Metrópolis.
Por algo Dios prefirió restringirnos en esta tercera posición del Sistema Solar, y no darnos como morada el quinto planeta que el Imperio Romano denominó Júpiter, un gigante gaseoso de unas dimensiones de lejanía que superan 11 veces el ancho de nuestra tierrita.
UNAM Global, Revista. España.
Entendería que el Señor
Yahvé se habrá dicho: ¿Para qué desperdiciar tanta inmensidad jupiteriana en
guerras, conflictos, conquistas, hambrunas evitables, infamias, supremacismos, contaminación
ambiental, salvajadas, falacias, derrame de petróleo, ultimátums, agujero de ozono y barbaries?
Y aquí estamos para que no
cunda el mal fuera de nuestro círculo de 40 mil 076 kilómetros, 27.4
millones de militares activos y el ipegüe de 12 mil 300 ojivas nucleares para
volar 60 veces la Tierra, y al cometa que pase en la hora y el lugar equivocados,
si acaso no arrasa también a los vecinos de estas soledades planetarias.
Si en este minúsculo orbe hay odios del calado
abrumador del Sol, rencores que exceden la Constelación de Orión, y envidias
con anillos de codicia y deseos de poder que dejan chiquito a Saturno, ¿cómo
sería una Tierra tan enorme como los vastos planetas de nuestro barrio
solar?
Ya que ni entre nosotros mismos podemos ajustarnos al apotegma del sabio zapoteca Benito Juárez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, ¿de qué tamaño serían nuestras inquinas, intrigas, racismo, xenofobia, conflagraciones y discordias de cada día?
¿Y la obstinación de querer
acabar con el otro para quedarse con sus bienes, si acaso no destripar de
hambre y acoso a un Estado?
Ya escuchamos discursos atroces como el del entonces
presidente de Irán, Mahamud Ahmadineyad (2005-2013) que “actualizó”
abiertamente la “sentencia” irrevocable, sin que nadie les diera la potestad de
ser jueces de la Tierra, de abolir una República:
“´Como dijo el Imán, Israel debe ser borrado del
mapa”, dijo Ahmadineyad, refiriéndose al líder revolucionario de Irán, el
ayatolá Jomeini´”(Aljazeera, 26 de octubre de 2005).
Hitler no pudo.
¿Se imaginan un furioso Führer, pero de talla Júpiter 5XL?
Ninguna justificación avala esa obsesión por
“desaparecer” los apretujados y superpoblados 20 mil 325 kilómetros cuadrados de
Israel, que se asemejan a la Tierra en comparación con un Júpiter islámico de 22
millones de kilómetro cuadrados que suman las naciones del Corán.
“Borrar del mapa” a un país no es el disparate de algún
guionistas desquiciados de Hollywood.
Es volver al pasado que parece no irse.
Es como un remake de la Reina Victoria, cuando se dio
cuenta de que en Bolivia habían obligado a su diplomático a tomar una tinaja de
chocolate, al negarse a ingerir, “por las buenas”, una chicha de maíz ofrecida
por las autoridades locales, según lo narró Eduardo Galeano.
Considerándose el Cetro del Mundo, la Reina pidió un atlas.
Preguntó dónde quedaba el “país tal por cual”. Se lo mostraron. Entonces Su Majestad tomó una tiza, lo tachó y pronunció, en el siglo XIX, la bárbara agenda imperial
del siglo XX y lo que va del siglo:
“Bolivia no existe”.
II
Es posible que con semejantes antecedentes, y siendo
en vez de mortales mundanos, jupiterianos, los dirigentes de los países monstruosamente
desproporcionados habrían marcado también la Tierra: “Ese x#*@/&...planeta
ya no debe existir, después que saquemos (saqueemos) sus tierras raras”.
Y es que no es asunto de “rendición” vituperable. “OK, quédense
ahí, pero bajo nuestras órdenes”.
Es desaparecer completamente de la faz de la humanidad
una comunidad, una etnia, una religión, un Estado.
Por algo también el Señor Yahvé nos dio una Luna… No
las 95, oficialmente reconocidas, de Júpiter.
Sí. Solo una Luna, nuestro satélite.
¿Nuestro?
¿Qué haríamos con tantas lunas, si con una ya
comienzan a aparecer “dueños” para desaparecer nuestros sueños, nuestros
sentimientos, nuestros plenilunios románticos, nuestro asombro de ver en las
noches a esta regia compañera estelar?
NASA.
La Luna “científica” de este Artemis II no es tanto la de Bienvenido Granda: “Luna, ruégale que vuelva/ y dile que la quiero/ que sola la espero/ en la orilla del mar”.
No es la “Luna, lunera, cascabelera…”.
Tampoco los toros se enamorarían de ella, como compuso
el español Carlos Castellano, si ya la reclaman otros, en vez del incluyente
nosotros.
Esta misma Luna es la de los agricultores, muy pendientes de ella, la que establece las debidas mareas, y sobre todo, que pone en su sitio, y justa inclinación, el eje terrestre para que continúe la vida.
Todavía es Luna de los
que amanecen de “luna”, echándole la culpa de sus amarguras a la que menos la
tiene.
Luna que nos dio la luneta literal, donde éramos arpillados
los pobres en los cines pobres de las noches sin fiebre de sábado, porque el
reducido techo del palco era solo para un chapiollo V.I.P. con P. de Pulgas.
Ya tendríamos que decirle en alguna oración a Vicentico Valdéz y la Sonora Matancera en pleno, que no solo los aretes le faltarán a la Luna, sino hasta su nombre con que la conocimos desde los albores del siempre…
CubaNet.
En vez de Luna, será una base.
Una base más terrestre que lunestre. Sí, una parada selenita rumbo a Marte.
Y nos referimos a la mismísima Luna que los fieles de Alá enarbolaron como símbolo principal en muchas de sus banderas nacionales y en sus cuerpos de socorro (que no es la Cruz Roja).
Empero, reconozcamos que no la acapararon, aun nombrándola Media Luna, cuando apenas asoma un tímido cuarto creciente en sus lábaros.
Sí, con esa tenue lumbre se conforman.
No más.
Lo que sea, de cada quien.
III
No solo la Luna, sino las estrellas que eran fuente de
inspiración para poetas, músicos, artistas plásticos, se volvieron arsenales
con George Lucas, que nos hizo ver al cielo de nuestras plegarias degradado en
campo de batalla con su “Guerra de las Galaxias”.
Y pagamos por esa construcción cinematográfica de la
destrucción. Apenas un adelanto de lo que significaría artillar de satélites
espías y de otra índole, nuestras antiguas noches de corazones acurrucados…
La famosa carrera cósmica se apoderó del “Cielito
lindo” del compositor Quirino Mendoza y Cortez, y nos ha dejado un muladar
espacial con los desperdicios de los hombres desde que pusieron en órbita el
primer satélite de manufactura terrenal.
Cielito Lindo donde antes solo prevalecía el “¡Gloria
Dios en las Alturas y Paz en la Tierra entre los hombres de buena voluntad!”.
Ya el Cielo, antes únicamente en manos de Patriarcas y Papas, curas y pastores, rabinos e imanes, jeques y mulás, monjes y lamas, ahora parecería que también está en manos de físicos, ingenieros espaciales, matemáticos, políticos y militares… de alto vuelto.
A como vemos y vamos, también Marte dejaría de ser solo planeta, como la Luna que de satélite natural pasará a ser Puerto de Embarque…
No me lo puedo imaginar…
Marte reducido a Puerta de Emergencia, después que nos hicieron miércoles la Tierra.
Con todo, habitamos nada menos que en una obra
maestra del Señor Yahvé.
Ni
que quitarle ni qué ponerle.
Sus
viajeros efímeros, o cuerpo del delito, son su grave pecado en medio de los inmaculados cuerpos celestes.
Sin
embargo, atendiendo las ciencias y la paz, la solución para la raza adanida que
el Creador ha puesto, en el tapete de la sensatez, es la Verdad de las verdades:
Jesucristo.
Lo demás es oscuridad.
Allí están la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
Y la Tercera… pendiente.
Confiamos en Dios que, antes de conquistar el
vecindario sideral, fructifique el anhelo de conquistar la Paz, “así en la Tierra como en
el Cielo”.
Ahí está el Altísimo trabajando hasta hoy para ubicar a sus hijos en el lugar más estratégico, como el comandante de Artemis II, Víctor Glover, quien desde la ventanilla, viendo la Tierra, dio testimonio:
“Cristo dijo, en respuesta a cuál era el
mandamiento más importante, que era amar a Dios con todo tu ser. Y él también,
como gran maestro, dijo que el segundo es igual a ese. Y ese es amar a tu
prójimo como a ti mismo”.
Solo así la Luna continuará siendo el tesoro de todos, de poetas y compositores, de las baladas y los boleros, y de
su toro enamorado…
Que nunca la eclipse ninguna neroniana y anticristiana “Doctrina
Moonroe”.
Amén.
13 de abril de 2016, Xilotepetl, Meseta de la Gran Manquesa.





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