“…y donde
está el Espíritu
del Señor, allí hay libertad”.
II Corintios 3:17…
He ahí, en la hora más ignota
de una mañana sin calendarios,
se columbraban otras épocas
que perseveraban en El Calvario.
Y vi, poco antes del preámbulo sosegado
de los velos morados de Semana Santa,
a una señora con semblante de encanto
y devoción, que se levantó de la banca,
solemne, desgranándose de santo en santo:
blancos, sin edad, imágenes caucásicas
de ojos azules y sobrios mantos…
Vi que ni el Príncipe de Israel
el arcángel también de tez europea,
le inspiró confianza, y eso que Miguel
empuñaba espada, cadena y el Alea
iacta est (*) de su pie, por obediencia fiel,
encima del Dragón que arruina la Tierra.
La doña al fin se detuvo.
La vi sumirse
en unos linderos nada oscuros
que no pertenecían al siglo por pulirse,
sino a los años 60 en estado puro.
Fijó su visual indagación café
en la inerte mirada de yeso, inspirada,
pero no correspondida, en una fe
que no parecía desembarcada
de los galeones de Gil González
ni de Francisco Hernández de Córdoba.
Yo sentía lo sagrado…
Adorarás,
solo a Dios adorarás.
Y mientras abogaban por Barrabás,
ahí, ante San Benito de Palermo,
soltó las penumbrosas amarras
de sus pesares con un rezo tierno,
quedo, solo al Señor adorarás…
Ella, dueña de sus andares
sin lugares, aún bien persignada,
buscaba abandonar los azares
de una existencia no resignada.
Tocó al santo de su niñez,
de su juventud y sus esperanzas,
y alguna tecla del tiempo por primera vez
sonó los arpegios de su templanza.
Algo que no viví me llegó a mí
que no creo en nada de imágenes
ni santos que… caminan por ahí.
Pero, qué iba a hacer en las márgenes
de esa creencia humilde, silenciosa
y rotunda, sin incienso ni vírgenes,
únicamente pura, de tectónica gloriosa,
que no la encontré en los vaivenes
de mis vivencias ni en la élite aparatosa.
No la palpé en las teologías fantásticas,
Conservadora o de Liberación; ni en doctores
en divinidades, patrística y dogmática;
títulos con honores que no evitaron dolores.
Peor que la percibiera en los ególatras
que predicaban sus ayunos prolongados,
y se las “ganaban” a los patriarcas
y a Jesús juntos, como si el llamado,
en el desierto o la montaña, récord olímpico
fuera, para tasarse a precio del mercado
de almas en templos llenos de vacíos bíblicos.
De fe más telúrica que litúrgica,
autóctona, ardua, todo lo abarcaba
con su sencillez viva, idílica, nativa,
hasta alcanzar lo que la blindaba
de un mundo acerbo y ciego a la deriva:
un estado de gracia que rebalsaba
las alturas desconocidas de la vida.
A la doña que de algo se desatara,
la vi alejarse ligera y diáfana,
sin un dogma ni rito que embotara
su espíritu en la extraña mañana
de una despedida nada ingrata.
a San Benito de Palermo…
La última del anochecer.
…Por tanto, nosotros todos, mirando
a cara descubierta como en un espejo
la gloria del Señor, somos transformados
de gloria en gloria en la misma imagen,
como por el Espíritu del Señor. 
La amada ciudad del cafetal
brillaba de abril en el canasto
de octubre, tejido aún de cultural
labor, en medio de un exhausto
verdor tropical, otrora inmemorial.
Iba libre, con la cadencia
del perdurable trazo de un pincel
en la heráldica transparencia
de los alisios en Xilotepetl.
Edwin Sánchez
Martes Santo, 31 de Marzo 2026.
Xilotepetl, Meseta de la Primavera Manquesa.





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