Bendita la tierra que nos dio nuestra
Cultura Judeocristiana: Eretz Israel
La más
antigua de las naciones
es
también la más joven.
Jorge Luis Borges
Edwin Sánchez
I
Quiéranlo o no, Israel fue constituida en la
antigüedad para jamás ser borrada del mapa.
Civilización, historia,
cultura, fe, patriarcas, reyes, sabios, profetas y apóstoles — sin contar con una extraordinaria galería de científicos y premios
Nobel—, hicieron del pueblo judío más que una nación: un acervo mundial.
De esas fuentes eternas de Agua Viva hemos tomado, de
alguna manera, la mayoría de naciones.
Solo aquí, en Nicaragua, nuestra formación fundamental
es judeocristiana.
Es el sello indeleble del Señor Yahvé.
No nos explicaríamos de otra forma y contenido, y así
tantísimos países, sin el regio legado de la tierra de Abraham, Isaac y Jacob.
Gracias a Dios, Nicaragua no ha sido un pueblo
antisemita.
No nacimos para odiar a ningún país.
Como pueblo cristiano, evangélico, católico o
cristocéntrico, sin denominación o con denominación, no pertenecemos al listado
de enemigos declarados o solapados de Israel.
¡El Señor nos libre!
Al contrario, sabemos, los cristianos, que debemos
orar por la Paz de Jerusalén, es decir, por todo el territorio hebreo.
Imagen tomada de la Biblia Versión de Valera 1909.
Orar y bendecir a la descendencia de Jacob es tan básico o igual a los grandes mandamientos que han regido hasta en la actualidad, la conducta de pueblos, naciones y lenguas, por encima de otros códigos que pasaron a la historia como el de Hammurabi.
También es una creencia
nacional que un día habrá una Resurrección. Y, la idea, y los ejemplos,
proceden precisamente de Israel, no de Palestina ni de ningún otro lugar.
Y aquí es preciso hurgar en la Historia sin politiquería, para no caer en el desconocimiento bárbaro y pasional exhibido por el expresidente Nicolás Maduro de Venezuela, cuando en una arenga televisada el 11 de octubre de 2023, intentó cambiar la biografía infinita de Jesús:
“... nacido en Belén, criado en Nazaret, territorio de Palestina (?). Así que Jesús fue un niño palestino, un joven palestino y cuando fue crucificado, crucificado condenado injustamente por el imperio español (?), por las oligarquías que dominaban religiosamente la zona, cuando fue condenado injustamente, fue clavado, crucificado, asesinado, torturado nuestro Señor Jesucristo, él murió como un hombre palestino ”.
Emperador Adriano/ Museo del PradoEn un cable de la agencia EFE, a propósito de la exposición en el Museo de Israel de algunas esculturas del emperador Adriano, se informó en enero de 2016:
“… en la memoria judía, Adriano es recordado como un
dictador brutal que aplastó la revuelta de Bar Kojba en el 135,
asesinó a medio millón de judíos -según refirió la comisaria asociada de la
muestra, Rachel Caine Kreinin-, reconstruyó Jerusalén como una ciudad pagana
bajo el nombre de Aelia Capitolina, prohibió la circuncisión y
cambió el nombre del bíblico reino de Judea al de Palestina”.
Ese es el dato: Jesús nació en Israel. Pero la decisión imperial de humillar a los judíos aconteció 102 años después de la crucificción y RESURRECCIÓN de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
La idea y las pruebas de volver a la vida se patentizan con Elías, el gran profeta judío, quien resucitó al hijo de la viuda de Sarepta
de Sidón, hoy una importante ciudad del Líbano.
Y la mujer no era de sangre semita. Se trataba de una cananea.
Para más señas, de Fenicia. Una ilustración de que las bendiciones del Dios de Israel
alcanzan a los hijos e hijas de otras nacionalidades.
Jesús levantó de entre los muertos a Lázaro, un israelita de Betania.
La consolación que se ofrece después de la pérdida de
un ser querido, no la encontramos en Platón ni en Aristóteles; Kant o Marx.
Los deudos de los judíos que ordenó matar Adolfo Hitler
no ubicaron una encíclica de Pío XII que aliviara la persecución o apagara el
Holocausto.
No obstante, sí se había concebido un histórico
mensaje.
Ya estaba escrito el texto fundamental contra el
antisemitismo y todo asomo de racismo, encargado por el buen papa Pío XI
al sacerdote jesuita de Estados Unidos, John LaFarge.
El estudioso norteamericano redactó la Encíclica Humani
Generis Unitas, o La unidad del género humano, que pudo haber cambiado
la historia y hasta evitado las atrocidades contra los hijos de la nación de David (no de Goliath, pues Filistea desapareció unos 600 años antes de Jesucristo).
LaFarge había escrito anteriormente el libro “Interracial
justice”, en el que exponía y se dolía de las condiciones en que vivían
y eran despreciados los negros en la Unión Americana.
El Papa leyó el volumen, quedó impresionado por su
abordaje espiritual y moral de la terrible lacra del racismo, y por entender
muy bien el problema del supremacismo blanco y sus abominables secuelas en la
sociedad estadounidense.
Pensó entonces que LaFarge era el hombre indicado para
preparar su Encíclica contra la barbarie del Führer.
Pero Pío XI falleció sin publicar el trabajo que fue
“traspapelado”, ocultado y desechado por Eugenio Pacelli.
Da la “casualidad” de que tanto Hitler como Benito Mussolini,
caudillo fascista de Italia, querían a alguien en El Vaticano que no
constituyera un obstáculo a sus planes de expansión imperial.
“Casualmente” Pacelli es elegido sucesor de Pío XI. Ya
como Pío XII y la encíclica debidamente “extraviada”, quedó bien parado con
las hordas hitlerianas de Alemania y los fascistas italianos.
Y muchos, en todos los tiempos, quieren quedar bien
con los poderes de este mundo…
Sin embargo, lo que
los poderosos, filósofos, altos jerarcas y sabios de este siglo no pueden
ofrecer a nuestra realidad existencial —digamos un firme asidero espiritual,
vital y material— se halla en el libro de libros “Made in Israel”: la Santa Biblia.
II
Hemos visto, en todas las multitudinarias vigilias y cruzadas cristianas que con más frecuencia y libertad se expanden por calles, plazas e iglesias de Nicaragua, que el pueblo de fe ondea la bandera de Israel.
Salvo la azul-blanco-azul, de Nicaragua, con
los mismos colores del lábaro judío, en esas jornadas espirituales, el corazón
nicaragüense no iza, ni palpita, ningún otro estandarte.
Hay una identificación sagrada con la nación hebrea,
por encima de los prejuicios raciales y de cualquier infame índole que se
disfrace de política e ideología de los hombres.
Le debemos tanto a Israel —las repúblicas americanas— que sería una
colosal ingratitud dejarnos arrastrar por una política que linda hasta
los tuétanos con el fascismo del siglo XX: imprecar a los judíos y formar
parte de esa horrorosa legión de espíritus nada benignos que, tomando las formas,
formaciones y deformaciones que entristecen cada época, se han entregado a
la obstinada tarea de pretender su desaparición de la faz de la tierra.
Israel es una República. Es un Estado. Alguien dirá que es una verdad de Perogrullo. Y no lo es…
Cuando se ansía, por inmorales intereses creados,
rebajar a la condición de paria un sistema, un liderazgo, un
pueblo, o la preciosa independencia de una nación, por pequeña que sea, es
para justificar su extinción.
Así, por ejemplo, las agencias transnacionales de la
desinformación, alquiladas para asesinar la reputación de un país, un
movimiento político-social, un jefe de Estado, un ejército, etc., le colocan al
objetivo a destruir, no la injusta Letra sino el abominable Epíteto
Escarlata, estilo Nathaniel Hawthorne.
No hay diferencia entre la prensa venal y quienes, por
exceso manifiesto de repulsa, quieren degradar a Israel, endilgándole los
peores calificativos de su malhadado repertorio.
Esto confirma la sentencia de Jesús, quien escudriña y
saca a luz lo que hay en los fondos oscuros del alma humana: “De la abundancia
del corazón habla la boca”.
III
A través de las plataformas digitales y por otros
medios, se atiza una nueva hoguera contra todo ciudadano de origen judío.
Etiquetar de “entidad sionista” al pueblo que
ha justificado su existencia más que muchos imperios imperdonables y naciones
avasalladoras, es un despropósito, tendiente a rotular de nuevo a esta población,
uno por uno, a como lo ejecutó minuciosamente el Tercer Reich, durante
la Segunda Guerra Mundial.
Israel no es entidad.
Es una antiquísima IDENTIDAD creadora e incitadora
de CULTURAS y confesiones.
Un indispensable MAGISTERIO ESPIRITUAL.
Una REALIDAD.
Israel es una PATRIA, “no cualquier
corporación, compañía, institución, etc., tomada como persona jurídica”,
tal como la Real Academia Española de la Lengua fija el significado de “entidad”.
¡Por Dios!, ¿Cómo es posible llegar al extremismo
insensato de convertir a Israel en un Estado Indocumentado?
Las horrorosas persecuciones y calvarios que han
padecido los israelíes a lo largo de la historia, han llevado incluso a los
académicos a extender la lexicografía, e incorporar en los diccionarios
la tragedia de Israel.
Así, queda para hoy y la posteridad:
Pogrom. Explica el Larousse, es “un movimiento popular dirigido por las autoridades
zaristas para exterminar a los judíos”.
La Real Academia de la Lengua hizo lo suyo, pero con
el término Pogromo: “Masacre, aceptada o promovida por el
poder, de judíos y, por ext., de otros grupos étnicos”.
Exposición sobre el Holocausto en el Museo de la Segunda Guerra Mundial de Gdansk(Polonia)./National Geographic.Holocausto. El Diccionario Enciclopédico Espasa, en la
tercera acepción, especifica: “Historia. Nombre dado al exterminio de judíos
que se produjo en la Alemania nazi”.
La RAE confirma dicho lema: “Exterminio sistemático
de judíos y de otros grupos humanos llevado a cabo por el régimen de la Alemania
nazi”.
No encontremos, jamás, a la
nación nicaragüense alzada contra el pueblo hebreo, por medio del cual
conocemos —los cristianos— cómo Dios creó
los cielos y la tierra, y todo ser viviente.
Que sean otros, y ojalá cada día menos, que lancen a
Israel maldiciones —peligrosamente retornables a los maldicientes—.
Porque, prestando las palabras a otro inmortal judío, Josué,
diremos: “Yo y mi casa, bendecimos y bendeciremos por siempre a Israel”.
La Paz sea con la nación que nos ha dado demasiado.
Y más aún: en ¡Quien creer!
Rubén, aunque la tumba aguarde con sus
fúnebres ramos,
Sabemos adónde vamos,
Y ¡de dónde venimos!...
En el nombre de Jesús, Único Sumo Pontífice, Sumo
Puente, entre Dios y la Humanidad.
14 de Mayo, Xilotepetl, Nicaragua, Meseta de la Gran
Manquesa.








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