¡PAZ!
¡PAZ!
La Paz es un cielo azul de infinitas
bondades. Una hermosa torre erguida
de Luz con las puras armonías legítimas
que nuestro Dios nos da con la Vida.
Sonarán en breve las alegres campanas
del día grande de las elegidas plegarias,
contestadas para mover toda montaña
con la misma potencia de la fe bimilenaria.
Vendrá Jesús aquel esperado día
por los espíritus de buena voluntad
que doblaron con dignidad sus rodillas,
no ante el egoísmo, la hipocresía y la iniquidad,
sino delante de quien dio la otra mejilla
de Dios: la mejilla de su humanidad.
Se sacrificó por nosotros. Sufrió el indecible dolor.
¿Le volveremos a crucificar con una nueva corona
de espinas afiladas por la maldad y el rencor?
¿Clavaremos sus manos y sus pies con la codicia,
la traición y “las crueles insidias”? Adorémosle mejor
con amar al prójimo. Cesen los odios y las injusticias.
¡Paz!
¡Proclamemos el Arte
de la Paz!
No a la falsedad y la cizaña del que al desastre
de la guerra llama, por ser incapaz de amar.
Cuidemos el Pan de la Paz que Él
nos prodiga. El Pan que detesta
la mala levadura del antiguo Luzbel.
No rindamos culto al bélico Marte
ni a Huitzilopochtli, que aún no se han ido.
Por distintos lares quedan los muertos de Ares.
No nos engañen. No son dioses vencidos.
El presupuesto que los hombres dan a mares
para “azuzar la Muerte” los mantienen vivos.
¡Oh, Rabí!
Dos mil años después de la suma virtud,
¿justificará tu Padre un perdón mayor porque hoy
sí sabemos lo que hacemos? No más ingratitud.
Sí, no más ingratitud a tu sangre y tus llagas, Señor;
a tu Calvario y tu Cruz. Bajo la transparencia azul
del cielo de tu Luz, vos sos, Jesús, mi Único Salvador.
Edwin Sánchez/ 11 de junio 2026.

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