¿Qué es la Patria?
Jorge Luis Borges/ Enciclopedia de Humanidades.
Edwin Sánchez
Dice Jorge Luis Borges que
“Nadie es la Patria”.
Pero todos hablamos de la Patria.

Que la queremos.
Hasta los Iscariotes que, tras recibir las consabidas 30 monedas de la infamia, todavía se creen con el derecho de hablar por ella.
La “aman”, incluso, los que “se sacrifican ante el altar de la Patria”, como dijo el presidente de 24 horas, Francisco Urcuyo Maliaños (17 de julio-18 de julio de 1979), aunque luego cobren cargos, propiedades, diputaciones...
Lo que sea, con la cantinela que tiene un sórdido fondo de cantina:
“Para eso luchamos”.
El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, DRAE, nos ofrece un significado nada apasionado, ni mucho menos falso.
Es casi una autopsia, sin las complicaciones seudonacionalistas con que los vivos marinan su babilónico festín.
“Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”.
Están las definiciones con fechas en el calendario: la Patria son desfiles, juras de banderas, proclamas, hermosas palillonas, conmemoración de los próceres, si bien poco de ello se recuerde en la vida real durante el resto del año.
La Patria se reduce a una liturgia cívica.
Y sin muchos creyentes.
El papel de devotos asoleados recae en los estudiantes.
Al final, apenas es un gentilicio.
Una cédula, un pasaporte...
¿Estás seguro?
Las prosapias la desdeñan, degradándola a “paisito”. Los cipayos ya ni se diga.
Esperaríamos más. Debe haber algo superior...
Que lo aclaren los ¡Pararrayos celestes!
El notable poeta Efraín Huerta se declaró culpable de “ALTA TRAICION”.
Efraín Huerta/ Gobierno de México.“No amo a mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad desecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos”.
Pienso que es más humana esta definición de la Patria que la ampulosa e inútil patriotería del régimen Arnoldo Alemán-Enrique Bolaños, que desconociendo la Historia, borró del mapa San Juan del Norte, nombrado así por los españoles que llegaron de la Mar del Norte (Océano Atlántico), para diferenciarla de San Juan del Sur, bahía localizada en la Mar del Sur (Océano Pacífico).
Y lo “compuso” a control remoto, sin componer la vida de la gente con el desarrollo, rebautizándolo San Juan de Nicaragua (LEY No. 434, Aprobada el 15 de Julio del 2002).
El aislamiento de 500 años, desde que Cabo Gracias a Dios fue oteado por Cristóbal Colón, apenas acabó poco después de 2007, cuando el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, presidido por el comandante Daniel Ortega, encendió por primera vez los motores de la Costa Caribe, integrándola al resto del país y al progreso.
(Lo que sea de cada quien).
Así que decir que se “ama el país”, en la totalidad imprecisa, es un esfuerzo hiperbólico de los sentimientos sin contenido; estos son finitos, y sujetos a las imprecisiones y yerros de las emociones, como lo hizo el dúo Alemán-Bolaños.
El panida nos confiesa que “daría la vida por diez lugares suyos/ cierta gente/ puertos, bosques…”.
Es que amamos lo que podemos conocer y abarcar, mejor dicho, lo que de cierto sentimos, tierra adentro del espíritu.
La patria se iza en las estampas amadas y las degustadas del que un día partió de su terruño, o del que no volvió a las inigualables latitudes donde su ser alcanzaba otras altitudes.
Tal vez escalar el balcón del Cosigüina para columbrar El Salvador y Honduras...
Sin dudas, el Gallopinto Patrio...
La vista del imponente Volcán San Cristóbal...
El Solar de Monimbó...
El café con rosquillas, la rica cuajada con tortilla comalera, el plato que preparaba la abuela, el nacatamal, el Indio Viejo, el pinol que trata de marcar territorio en el paladar multinacional de la generación Coca-Cola...
Managua linda Managua...
Caminar las calles de la ciudad natal, la gente conocida, las ocurrencias de aquel tío...
Esa aglomeración de nostalgias lacustres, fluviales y marinas: las Isletas de Granada, el indispensable San Carlos que merece nuevos recuerdos diurnos y los infaltables nocturnos en la fortaleza, al pie del cañón; un mundo entero llamado Río San Juan, la pintura viviente de la esmeraldina Corn Island y su adelanto del Paraíso: Little Corn Island...
Corn Island/ Intur.Las solemnes procesiones de la Semana Santa, las hermosas torres de la parroquia, la impresionante Catedral de León...
Real Basílica Catedral de León/ Intur.Empero, puede que un héroe no habite en la memoria querida, familiar, incluso del viejo vecindario, con esas proporciones que tallan el alma para siempre, tan distinta y distante de lo que se conoce como “memoria colectiva”.
Allí no hay mucho espacio para los próceres, y no porque no se les respete.
Para evitar su desaparición, nada mejor que echar mano de los recursos mundanos:
Las honras oficiales heredadas de antaño…
El rostro acuñado en la moneda, donde para mala suerte, no hay nombre, sino una probabilidad, más actual que cualquier hazaña memorable: “cara o sol”…
Los billetes de lotería…
Un letrero mal pintado en el lugar donde batalló…
La flor que nadie puso en la abandonada lápida, pero se acordó el monte…
Porque los decimonónicos egregios ya no alcanzan en los edificios públicos, avenidas, pistas de circunvalación, estadios, hospitales…, ahora poblado de nombres nada bicentenarios.
Algunos merecieron un busto, recordado solitariamente por la puntería de los pájaros.
¿Qué es, pues, la Patria?
Para el mexicano, el lábaro nacional debe ser parte del “fulgor abstracto”.
Y eso que es muy hermosa la bandera de México, sus
colores, el águila, la serpiente, el nopal, la inmemorial leyenda.
Mas todo le resulta “inasible”.
Aun así, recuerda con admiración “varias figuras de su historia” …
No todas.
Quizás el irrepetible Benito Juárez.
Pues siempre hay sus colados en las crónicas canónicas
de una República.
En el caso del poeta, se ve que no hay un alarde de patrioterismo de utilería teatral.
De ahí que el concepto de Patria lo deja claro Borges en su “Oda escrita en 1966”.
De entrada, pone orden:
“Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
que, alto en el alba de
una plaza desierta,
rige un corcel de bronce por el tiempo,
ni los otros que miran desde el mármol,
ni los que prodigaron su bélica ceniza
por los campos de América
o dejaron un verso o una hazaña
o la memoria de una vida cabal
en el justo ejercicio de los días”.
El bardo no idolatra a ningún hombre, menos a Juan Domingo Perón, y todo lo que derive del abominable culto a la personalidad.
Le basta que “miren desde el mármol”.
Los verdaderos, por supuesto.
No más.
O que el legendario prohombre esté sobre un corcel de bronce.
Para Borges ni la bandera ni los escudos nacionales, ni siquiera el Himno, son la Patria.
Bandera de Argentina/ Casa Rosada.“Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos”.
He ahí la gran paradoja nacional.
Historia sin vida, sin participación vivencial cotidiana, sin entusiasmo, como todo lo que es obligatorio.
“Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
cargado
de batallas, de espadas y de éxodos
y
de la lenta población de regiones
que
lindan con la aurora y el ocaso,
y de rostros que van envejeciendo
en los espejos que se empañan
y de sufridas agonías anónimas
que duran hasta el alba
y de la telaraña de la lluvia
sobre negros jardines”.
Sin embargo, el porteño logra apreciar un sentido de nación que fluye no a través de los rígidos ritos anuales del tedio, sino en la fuente prístina de la propia voluntad que se sabe arraigada, que alcanza una noción de nación, de pertenencia, que ya es parte de ella y de su sol, pero cuya dependencia no proviene de la Independencia del Imperio Español, sino de Dios.
“La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.).
Y nos habla que la Patria es una existencia multitudinaria e íntima a la vez, no partidaria, sin lastre ideológico, ceñida estrictamente al inmaculado juramento de la Libertad.
Que no hay dueños de Patrias, solamente la feliz memoria de los que nos antecedieron y nos dieron una conciencia de Nación.
Que nos entregaron un puñado de tierra en este mundo, sin más pretensiones que ser, en su caso, argentinos; en el nuestro, aprender a ser únicamente centroamericanos, sin los ruidos malignos de los ismos y nihilismos indignos que alejen más el unitario Himno del Istmo.
“Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber
es la gloriosa carga
que
a nuestra sombra legan esas sombras
que
debemos salvar”.
¡Qué mejor definición de la Patria que el de las Torres de Dios!
“Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
ese límpido fuego misterioso”.
Es el fuego misterioso de Rubén Darío que nos dejó estos versos de oro:
“Si pequeña es la patria uno grande la sueña.
Mis ilusiones, y mis deseos, y mis
esperanzas, me dicen que ni hay
patria pequeña.
Y León es hoy a mí como Roma o París”.
Versos tan completos como la Bandera Nacional.
Bandera de Nicaragua. /El 19 Digital.
7 de Junio, 2026.







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